Sin límites…

 

Hay una gran mentira: decir que somos limitados.

Los únicos límites que tenemos son los límites que creemos.

Wayne W. Dyner

 

Me preguntan por qué he dejado de escribir… y siempre hablo del tiempo, de ese que a veces no encuentro o del que no he buscado. Hoy era uno de esos días en los que me he parado a reflexionar y a intentar responderme a mí misma en qué momento dejé de querer encontrarme a solas, con cuatro palabras, algo que contar y el teclado de mi viejo ordenador. Y de pronto una palabra me ha venido a la cabeza: límites.

En mis tertulias con esos pequeños, con los que comparto gran parte de mi tiempo, esta palabra surge de manera espontánea y en cada conversación, porque si algo quiero que se lleven de los ratos de encuentro es la certeza de que hay cierto vocabulario que deben utilizar de manera adecuada. “No os pongáis límites”, les digo… y a veces me pregunto si es algo que llevo a mi espacio más personal, a mi día a día, a las decisiones que tomo.

Vivimos con límites, con esos que nos ponemos por miedo a fracasar y por los otros muchos a los que nos obligan las personas que nos rodean. Esto nos hace familiarizarnos con ellos y creer que, el que formen parte de nuestra vida, es la única posibilidad de sobrevivir a la tristeza cuando no conseguimos aquello por lo que luchamos.

Y en esta reflexión, que me ha invadido a estas horas de la noche, descubro que debo seguir diciéndoles cada día que ELLOS no se pongan límites, aunque luego les toque aceptar que no consiguieron aquello por lo que, de una manera u otra, han estado luchando de manera incansable.

Que nunca digan que no lo he intentado

 

No nos han enseñado a disfrutar de los fracasos, nadie nos ha explicado que se suele salir más fuerte de las derrotas, que tras unos días de tristeza, por lo que has ido perdiendo, vienen días en los que las sonrisas saben mucho mejor y son más bonitas.

Es muy probable que termines agotado, les digo, que durante el tiempo que destinas a ese proyecto o a esa persona vayas perdiendo otras por el camino, que tras el golpe de descubrir que has fracaso no te queden ganas de emprender nuevas historias… pero ¿y todo lo que has aprendido?…

No me gusta levantarme pensando que el corazón que pongo en el objetivo que un día me marqué es un desgaste de emociones, prefiero creer que cuando todo acabe recogeré nuevas ideas, experiencias, un sinfín de recuerdos y la seguridad de que hay que cambiar el camino por el que continuar viajando.

No se puede vivir con límites, con un corsé impuesto, con un cinturón de seguridad permanente… porque la vida son dos puñeteros días en los que debemos de dejarnos las ganas, de nada nos servirán cuando este baile termine.

 

Por eso, cada mañana, les seguiré contando que todo es posible y que obvien esta palabra de un vocabulario ajeno a ese luchador en el que quiero que se conviertan.

 

marketing-en-sueños

 

¿Has probado a abrazar con las manos atadas?…

1 Comment

  • Juan Diego dice:

    Los niños no tienen límites de partida. Es más, según los antropólogos sociales, tienen héroes fantásticos (sus papis, sus profes, los protagonistas de sus cuentos…). Y a veces los adultos nos encargamos de “traer la realidad” mostrando los límites y relativizando los héroes.

    Que tus textos sigan hablando de fantasías y retos emocionales como hasta ahora. Felicidades

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